miércoles, 17 de mayo de 2017

El sueño que sobrevivió a la avalancha


Manuel Cordero, Amparo Córdoba y Carlos Córdoba, propietarios de la panadería Bon Appetit, el primer negocio  que se abre en Mocoa luego de la avalancha.


Por Ricardo Solarte Ojeda 

Desde hace algunos años Manuel, su mamá Amparo y su tío Carlos siempre habían soñado con tener un negocio propio. Algo que les genere un ingreso extra a lo que les da sus profesiones. En los encuentros familiares discutían si era mejor un bar, un restaurante o una panadería. Lo que tenía claro Manuel es que independientemente de lo que sea, debía hacerse bien bonito y distinto de lo que hay en Mocoa para que la gente se sienta a gusto en un establecimiento bien diseñado, al estilo de las grandes ciudades.

Manuel es arquitecto y por obvias razones estaba empeñado en que así sea. Cuando le piden trabajos insiste en que debe haber diseño en el producto final, y si el cliente no le da libertad para dejar volar su imaginación, mejor no acepta el encargo.Como Manuel, en este equipo todos aportan, además del capital, lo que mejor hacen.Carlos, quien es administrador de empresas, lleva las riendas del negocio. Amparo se define a sí misma como la relacionista pública del grupo, y sí que sabe hacer muy bien su trabajo, cuando llegué al local y le dije “soy periodista” se interesó en contar su historia.

Todo estaba listo para inaugurar el negocio el sábado 8 de abril. Las sillas y mesas en su lugar, los insumos por más de cinco millones de pesos listos para convertirse en pan, pasteles y galletas. Solo faltaban unos equipos de cocina, vitrinas y congeladores por traer para "armar la fiesta”. 

Pero la noche del 31 de marzo amenazó con acabar con sus sueños. “Llovía muchísimo, yo ya estaba empijamado cuando llegó mi amigo Ivan Rosero en el carro y me dijo que los negocios se estaban inundando, que nos fuéramos para allá. Yo me puse las botas y salí”. Ivan arrienda uno de los locales vecinos al de la panadería de Manuel y sus socios.

Allí comenzó la pesadilla. Cuando Manuel entró a su local el agua le llegaba a las rodillas. Se fue hasta la cocina y empezó a levantar los insumos del piso a la mesa de producción. Todo estaba mojado, sabía que poco podía salvarse pero su espíritu de lucha hacía que cargara los bultos sin descanso. 

Llegó su tío Carlos y su hermana para ayudarle, y trabajaron hasta las tres de la mañana. Hasta ese momento ninguno de ellos sabía la magnitud de la tragedia. Manuel no sabía que su amigo Iván, el mismo que fue hasta su casa a  recogerlo en el carro, estaba viviendo su peor pesadilla: su pequeño hijo y su cuñado habían sido arrastrados por la avalancha para siempre.



Así quedó el local luego de la avalancha.


Llegaron días de mucha incertidumbre, el gran sueño de sus vidas estaba naufragando, literalmente, entre el lodo. El domingo 2 de abril arribaron los equipos que estaban pendientes para terminar de armar la panadería. Le pidieron al dueño del camión que espere un poco mientras limpiaban para poder descargar. No había marcha atrás, aunque el comienzo sería más difícil de lo que se imaginaron, la panadería se iba abrir luego de que pase un poco el dolor y la gente lave el barro de sus casas, de sus cuerpos, y de su alma.

La Semana Santa, que le siguió a la tragedia de Mocoa,  fue una verdadera “semana de pasión” en el local de Manuel, Amparo y Carlos. Se dedicaron a lavar los pisos, las paredes y objetos que habían sido cubiertos por el lodo. Pintaron nuevamente, pusieron los detalles que faltaban, trajeron nuevos insumos para preparar sus productos y se llenaron de entusiasmo para abrir.

Carlos, el hombre de las finanzas, se fue a la publicitada rueda de financiación para empresas afectadas por la avalancha que hizo el Ministerio de Comercio en Mocoa, pero su decepción fue grande cuando le dijeron que el requisito para acceder a los créditos era haber operado al menos por dos años. 

Su negocio aún no abría puertas al público aunque había incurrido en una inversión cuantiosa de 150 millones de pesos. Pero eso no importaba mucho, pesaban más sus ganas de demostrarse a sí mismos que eran capaces de reponerse de esta adversidad. Abrir el negocio luego de la tragedia era también un mensaje para los mocoanos de que la vida da segundas oportunidades y que tenemos que levantarnos por dura que sea “la revolcada”.

Llegó entonces el anhelado día: el sábado 29 de abril abrieron al público de manera discreta, sin música, sin ruido, respetando el duelo que se vive en esta tierra. Pero con alegría y buena disposición para atender. Esta historia, como pocas en Mocoa, tuvo un final feliz. Se salvaron los sueños de tres empresarios, y con ellos, los empleos de ochos personas que trabajan en dos turnos de lunes a domingo para deleitar a sus clientes y para que ellos digan “Bon Appetit”.

miércoles, 29 de marzo de 2017

Los bancos se quedaron obsoletos

Hace más de un mes pedí un crédito educativo por 12 millones de pesos en el banco Av Villas de @BancosAval. Les dije que era independiente y me pidieron los extractos bancarios de los tres últimos meses  y un balance de pérdidas y ganancias del último año. Llevé esos documentos y cuando el asesor comercial los vio me dijo: “Sus ingresos están bien, pero la verdad es que para que le prestemos el dinero debe tener un patrimonio superior a los 100 millones de pesos”.

¿Qué? ¿Para un crédito de 12 millones de pesos debo tener casa, carro y beca?, le pregunté. “Así es”, me contestó. “Eso es lo que exige el analista de crédito”. ¿Y qué pasa si a uno no le gusta comprar casa, ni carro? ¿Nunca podría tener el patrimonio que ustedes piden? “Es cierto”, me dijo. “La otra manera de hacerlo es como empleado. Si usted trabaja con algunos clientes, pues pídales que le den un certificado de ingresos mensuales, y listo, en ese caso no tendría que cumplir el requisito de los 100 millones de patrimonio”.

Como la necesidad tiene cara de perro me fui donde mis clientes a decirles que me ayudaran, cada uno, con una certificación que en total sume al menos 4 millones de pesos, requisito que me puso el asesor comercial. Conseguí mis tres certificaciones y adivinen qué: cuando fueron a llamarlos para verificar la existencia de esas empresas les fue difícil contactarlas. Por obvias razones. Mis clientes, al igual que yo, ellos mismos son sus  empresas, y contestan al celular, y no a un número fijo.

Le dije a la asesora del banco AV Villas que por favor llamara a mis clientes a un número celular, que era lo más fácil. “No se puede, solo llamamos a números fijos”, fue su respuesta. El hecho es que después de un mes de ese proceso me di por vencido con ese banco. Llamé  a la universidad para contarles “mi desdicha” y me recomendaron un banco que tiene convenio con ellos para los créditos.

Se llama Fincomercio y no es un banco como tal, sino una cooperativa de ahorro y crédito. Primero hablé por teléfono con una asesora comercial, quien muy amablemente me dijo: “claro, te esperamos en la oficina que te quede más cerca de tu casa. Solo debes llevar la orden de matrícula y la fotocopia de tu cédula. En 15 minutos te decimos si te aprobamos o no tu crédito”.

Fui hasta la oficina ubicada en la calle 13 con avenida 68 para saber si era cierta tanta dicha, y sí: es cierta. Tienen una ventanilla solo para los créditos educativos, cosa que me ahorró mucho tiempo, pues pareciera que somos pocos los que pedimos dinero para educarnos. Le presenté mis papeles al asesor y listo: 15 minutos después, contados con reloj, el asesor me pasó la carta dirigida a la universidad diciéndoles que mi crédito había sido aprobado.

Salí de ahí sorprendido. Me gasté un mes con un banco que me puso todos los peros del mundo. Un banco que no llama a celulares porque el sistema no lo permite. Un banco que debía verificar una y otra  vez mis ingresos, y que no le cree a mis extractos bancarios.

Y me encontré con un banco que además de darme una tasa de interés más beneficiosa, me había aprobado mi crédito en 15 minutos. Con solo llenar la solicitud. Sin extractos bancarios, sin certificaciones de ingresos, sin balance de pérdidas y ganancias. Sin nada más que mi palabra empeñada, y un pagaré firmado donde me comprometo a pagar.

Como periodista tengo experiencia en el cubrimiento de la fuente así que indagué con la Superintendencia Financiera para saber quién tiene una cartera vencida más baja (deudores morosos). Si los bancos (que piden hasta el certificado RH y el pasado sexual) para darle un crédito a uno (obviamente estoy exagerando). O las cooperativas de ahorro y crédito que solo les basta con la palabra empeñada y el buen historial crediticio.

El resultado es interesante. Aunque los bancos tienen una cartera vencida más baja: 3,6% en enero de 2017 comparado con 4,2% para las cooperativas de crédito en el mismo periodo, llama la atención que la cartera vencida de los bancos creció más en el último año que la de las cooperativas. Esto si se tiene en cuenta que en enero de 2016 la cartera vencida de los bancos era de 3% (ahora de 3,6%). Mientras que la cartera vencida de las cooperativas era de 4% (y ahora es de 4,2%).

Conclusión: entre los bancos más endurecen sus condiciones para prestar dinero, sus clientes se cuelgan más. Mientras que las cooperativas financieras flexibilizan sus políticas, robustecen su tecnología y hacen más fáciles sus procesos para prestar a sus clientes sin misterio, y parece que ellos les responden bien a esa confianza.

PD: banco AvVillas, el mundo cambió, las empresas de ahora somos personas, que como yo, estamos en la calle todo el día, y que no podemos estar pendientes de un número fijo.